Coincido, los Nombramientos que habría que reconocer serían aquellos que hacen mejor a cada persona, y entonces tendríamos que felicitar quien de su hijo oye la palabra mamá, el que es llamado esposo/a, o al que le llaman maestro y amigo. Pero a esos la felicitación les resultaría innecesaria, porque con la palabra nominal tienen suficiente. Los otro nombramientos – con minúscula – si acaso deberían agradecerse, por lo que de solidario y generoso tienen.
Pero coincidir sí es motivo de congratulación. Coincidir es señal de esperanza porque se conjuga en plural. Es símbolo de asombro porque sugiere un tiempo, prodigioso miligramo. Y es señal de alegría porque recuerda que uno no es solo.
Muchas gracias, por coincidir, por el correo y por tu disposición a la carga (en el sentido del berlinés oso, no del grito de batalla).
martes 14 de abril de 2009
jueves 26 de marzo de 2009
¿Quién quiere ser millonario? ¿Es posible el heroismo cotidiano?
¿Quién quiere ser millonario? ¿Es posible el heroísmo cotidiano?
Felipe González y González
fg.z@hotmail.com
¿Hay alguien que no quiera ser millonario? Jamal el protagonista de la película, llega a serlo casi sin proponérselo. Era una posibilidad y la tomo sin demasiado entusiasmo. Jamal no sólo es un protagonista, sino un héroe. Un película hollywoodesca donde al final todo sale bien, pero que no presenta al héroe convencional: guapo, carismático, encantador; sino al héroe sufrido, anónimo, que no tiene la consabida dosis de autoestima del hombre que se ha hecho a sí mismo. Ciertamente tiene todas las grandes virtudes del héroe: la fortaleza, la tenacidad y la constancia, el valor y el coraje, pero por encima de todo un compromiso total con la verdad.
El tema del concurso -las preguntas a contestar-, revela que, para Jamal se trata del simple ejercicio de decir lo que sabe, lo que conoce, lo que ha visto. Y todo ello sin pretensiones, sin reivindicar un lugar en la historia, sin aparecer como quien paga un alto precio por permanecer firme, decidido, por ser fiel.
Hay un extraño juego entre la realidad y el desarrollo de la persona. La realidad lo ha forjado, pero desde la base de una bondad natural preexistente. Jamal es un ser humano que vale, incluso en los lugares y en los ambientes en donde no se concede valor a la vida humana. La vida de Jamal vale porque nace de un fondo de humanidad compartida. Es una vida que como todas tiene algo que entregar. Hay un valor intrínseco en las personas, incluso cuando estas viven hacinadas, masificadas, marginadas, depauperadas.
Las pocas escenas en que la madre aparece patentizan, con el leguaje universal de los gestos y de las miradas, la preocupación por el otro, la solidaridad en lo que cuesta y hay que sacar adelante, y en lo que se consigue y hay que compartir.
En tiempos de decadencia, en países como México, tal vez el mensaje de esta película, tienda a disolverse en la superficialidad del comentario que se escandaliza por la explotación y las condiciones miserables para la vida.
Por encima de ello hay recuperar el sentido del valor personal, de la capacidad del ser humano para hacer frente a la adversidad, para sobreponerse al dolor y hacer algo por la vida propia y por la de los demás.
La tragedia de la vida humana no está en las condiciones deplorables a las que puede ser sometida por los otros o por un mismo. La verdadera tragedia estriba en no hacer algo para manifestar el valor de la existencia humana. Porque valemos, somos; porque tenemos, debemos dar; porque podemos, estamos obligados.
La vida de Jamal es la historia de una lucha, por ir más allá de la adversidad, que se manifiesta desde la infancia. Es una respuesta a la vocación de conocer la verdad y hacerla práctica, que es en lo que consiste la realización del bien. Es hacer del heroísmo una realidad cotidiana.
Marzo de 2009.
Felipe González y González
fg.z@hotmail.com
¿Hay alguien que no quiera ser millonario? Jamal el protagonista de la película, llega a serlo casi sin proponérselo. Era una posibilidad y la tomo sin demasiado entusiasmo. Jamal no sólo es un protagonista, sino un héroe. Un película hollywoodesca donde al final todo sale bien, pero que no presenta al héroe convencional: guapo, carismático, encantador; sino al héroe sufrido, anónimo, que no tiene la consabida dosis de autoestima del hombre que se ha hecho a sí mismo. Ciertamente tiene todas las grandes virtudes del héroe: la fortaleza, la tenacidad y la constancia, el valor y el coraje, pero por encima de todo un compromiso total con la verdad.
El tema del concurso -las preguntas a contestar-, revela que, para Jamal se trata del simple ejercicio de decir lo que sabe, lo que conoce, lo que ha visto. Y todo ello sin pretensiones, sin reivindicar un lugar en la historia, sin aparecer como quien paga un alto precio por permanecer firme, decidido, por ser fiel.
Hay un extraño juego entre la realidad y el desarrollo de la persona. La realidad lo ha forjado, pero desde la base de una bondad natural preexistente. Jamal es un ser humano que vale, incluso en los lugares y en los ambientes en donde no se concede valor a la vida humana. La vida de Jamal vale porque nace de un fondo de humanidad compartida. Es una vida que como todas tiene algo que entregar. Hay un valor intrínseco en las personas, incluso cuando estas viven hacinadas, masificadas, marginadas, depauperadas.
Las pocas escenas en que la madre aparece patentizan, con el leguaje universal de los gestos y de las miradas, la preocupación por el otro, la solidaridad en lo que cuesta y hay que sacar adelante, y en lo que se consigue y hay que compartir.
En tiempos de decadencia, en países como México, tal vez el mensaje de esta película, tienda a disolverse en la superficialidad del comentario que se escandaliza por la explotación y las condiciones miserables para la vida.
Por encima de ello hay recuperar el sentido del valor personal, de la capacidad del ser humano para hacer frente a la adversidad, para sobreponerse al dolor y hacer algo por la vida propia y por la de los demás.
La tragedia de la vida humana no está en las condiciones deplorables a las que puede ser sometida por los otros o por un mismo. La verdadera tragedia estriba en no hacer algo para manifestar el valor de la existencia humana. Porque valemos, somos; porque tenemos, debemos dar; porque podemos, estamos obligados.
La vida de Jamal es la historia de una lucha, por ir más allá de la adversidad, que se manifiesta desde la infancia. Es una respuesta a la vocación de conocer la verdad y hacerla práctica, que es en lo que consiste la realización del bien. Es hacer del heroísmo una realidad cotidiana.
Marzo de 2009.
miércoles 25 de marzo de 2009
¿Quién quiere ser millonario? ¿Consumir o digerir?
Felipe González y González
Fg.z@hotmail.com
En la realidad, y también en el cine, las más duras condiciones de las existencia humana pueden producir lances simpáticos, o provocar momentos de alegría, ante el talante vital de quienes tienen que luchar denodadamente, y en las peores condiciones, por mantenerse en la existencia. Tal vez se trate de la confirmación de que entre el ser y el no ser la distancia es infinita. Siempre es más valioso ser, que no ser, aunque para muchos la existencia parezca inútil, sin sentido o todavía peor, una tragedia irremediable.
Las extremas condiciones de miseria que se viven en la India pueden impactar incluso a una mujer o un hombre latinoamericanos, aunque las escenas puedan ser similares a las de nuestros países. Multitudes ingentes sin servicios, sin posibilidades de educación, y sin las condiciones mínimas de alimentación y cuidado de la salud. Cientos, miles, millones personas que, allá y aquí, viven como fantasmas de sus propias existencias. Ojos desorbitados, incredulidad indolente, paciencia inextinguible, incapacidad para sorprenderse ante los excesos de la explotación y de la deshumanización.
“Pero, ¡si yo quiero ir al cine a divertirme!”, me espeto mi interlocutora, cuando intentaba comentarle la película. Y otro se impuso de manera tajante “¡no me cuentes el final, que quiero ir a verla!”. Son los comentarios de siempre, y siempre, de los mismos. No se trata de éste o aquella, somos todos que no queremos mirar la realidad. Y siempre, como en off, se puede escuchar el grito de la nana, la pilmama o la mucama: “¡Mirá!, ¡que ya de por sí la vida es demasiado dura!!!”.
No niego que haga falta diversión. Es más, esta película divierte y entretiene. Tienen el mérito de sacudirse y eliminar la sordidez del ambiente, de las acciones y de las personas que aparecen en escena, mediante el recurso a la superficialidad de un programa de concursos, un locutor y un público que, como en el circo romano, llegan a disfrazar el asco, la decadencia y la morbosidad, con las apariencias de un espectáculo. Es también la denuncia de la innoble ridiculización de la ignorancia, del desamparo y de la explotación, hasta casi presentarlos como artículos de consumo masivo.
Hay que divertirse, y el desarrollo de la película es rocambolesco. Logra un suspenso estrepitoso, que apunta a un desenlace feliz y se consigue. Atrás quedan los niños mutilados para convertirlos en mejores productos de explotación; el odio racial, étnico o de clase que ciega brutalmente todo tipo de vidas humanas; los injustos prejuicios que impiden el desarrollo en libertad; la suciedad, el hambre y la miseria. Siguen existiendo el abuso y el desamparo, pero por un momento, podemos darnos el lujo de pensar, que uno de los nuestros, ha podido superar la condición de irrelevante.
El espectador ve el final de la película con una sonrisa de complacencia. Ha resultado divertida. “Y a mí –me comento un amigo- que estuve a punto de salirme -porque las escenas son brutales- me compenso quedarme:”. El final es más que hollywoodesco, es el final de un cuento de hadas.
Aquí las hadas son los escritores del guión y los encargados de ponerlo en escena: que convierten a un pobre muchacho casi famélico, golpeado, y torturado mental y físicamente, en un superhéroe, con capacidades inéditas de recuperación más que inmediata. Que transforman a unos policías depravados, en seres que logran tener destellos de humanidad. Que hacen que la trampa, el engaño y la traición del conductor del programa queden burlados, porque el muchacho acierta, aunque no sepa la respuesta. Es el recurso a un elemento supremo: hay algo o alguien que cuida de que las cosas buenas sucedan, aun en las peores circunstancias.
Está bien, no lo niego. Si no fuera por ese final, la trama del concurso y los detalles de humor, la película sería deprimente para muchos, y también para mí. El final de muchas de esas vidas, no es el final feliz de una historia aleccionadora. La mayor parte de esas vidas sufren de manera inclemente, sin esperanza, la amarga realidad de una explotación sistemática, aunque no esté plenamente sistematizada. La suerte para muchos de ellos está echada desde el momento en que son alumbrados: constituyen parte del lumpen del que no quisiéramos tener noticia. Pero la noticia está ahí, la película nos la pone de manifiesto y nos las presenta consumible. El asunto está en si seremos capaces de digerirla.
Marzo de 2008.
Fg.z@hotmail.com
En la realidad, y también en el cine, las más duras condiciones de las existencia humana pueden producir lances simpáticos, o provocar momentos de alegría, ante el talante vital de quienes tienen que luchar denodadamente, y en las peores condiciones, por mantenerse en la existencia. Tal vez se trate de la confirmación de que entre el ser y el no ser la distancia es infinita. Siempre es más valioso ser, que no ser, aunque para muchos la existencia parezca inútil, sin sentido o todavía peor, una tragedia irremediable.
Las extremas condiciones de miseria que se viven en la India pueden impactar incluso a una mujer o un hombre latinoamericanos, aunque las escenas puedan ser similares a las de nuestros países. Multitudes ingentes sin servicios, sin posibilidades de educación, y sin las condiciones mínimas de alimentación y cuidado de la salud. Cientos, miles, millones personas que, allá y aquí, viven como fantasmas de sus propias existencias. Ojos desorbitados, incredulidad indolente, paciencia inextinguible, incapacidad para sorprenderse ante los excesos de la explotación y de la deshumanización.
“Pero, ¡si yo quiero ir al cine a divertirme!”, me espeto mi interlocutora, cuando intentaba comentarle la película. Y otro se impuso de manera tajante “¡no me cuentes el final, que quiero ir a verla!”. Son los comentarios de siempre, y siempre, de los mismos. No se trata de éste o aquella, somos todos que no queremos mirar la realidad. Y siempre, como en off, se puede escuchar el grito de la nana, la pilmama o la mucama: “¡Mirá!, ¡que ya de por sí la vida es demasiado dura!!!”.
No niego que haga falta diversión. Es más, esta película divierte y entretiene. Tienen el mérito de sacudirse y eliminar la sordidez del ambiente, de las acciones y de las personas que aparecen en escena, mediante el recurso a la superficialidad de un programa de concursos, un locutor y un público que, como en el circo romano, llegan a disfrazar el asco, la decadencia y la morbosidad, con las apariencias de un espectáculo. Es también la denuncia de la innoble ridiculización de la ignorancia, del desamparo y de la explotación, hasta casi presentarlos como artículos de consumo masivo.
Hay que divertirse, y el desarrollo de la película es rocambolesco. Logra un suspenso estrepitoso, que apunta a un desenlace feliz y se consigue. Atrás quedan los niños mutilados para convertirlos en mejores productos de explotación; el odio racial, étnico o de clase que ciega brutalmente todo tipo de vidas humanas; los injustos prejuicios que impiden el desarrollo en libertad; la suciedad, el hambre y la miseria. Siguen existiendo el abuso y el desamparo, pero por un momento, podemos darnos el lujo de pensar, que uno de los nuestros, ha podido superar la condición de irrelevante.
El espectador ve el final de la película con una sonrisa de complacencia. Ha resultado divertida. “Y a mí –me comento un amigo- que estuve a punto de salirme -porque las escenas son brutales- me compenso quedarme:”. El final es más que hollywoodesco, es el final de un cuento de hadas.
Aquí las hadas son los escritores del guión y los encargados de ponerlo en escena: que convierten a un pobre muchacho casi famélico, golpeado, y torturado mental y físicamente, en un superhéroe, con capacidades inéditas de recuperación más que inmediata. Que transforman a unos policías depravados, en seres que logran tener destellos de humanidad. Que hacen que la trampa, el engaño y la traición del conductor del programa queden burlados, porque el muchacho acierta, aunque no sepa la respuesta. Es el recurso a un elemento supremo: hay algo o alguien que cuida de que las cosas buenas sucedan, aun en las peores circunstancias.
Está bien, no lo niego. Si no fuera por ese final, la trama del concurso y los detalles de humor, la película sería deprimente para muchos, y también para mí. El final de muchas de esas vidas, no es el final feliz de una historia aleccionadora. La mayor parte de esas vidas sufren de manera inclemente, sin esperanza, la amarga realidad de una explotación sistemática, aunque no esté plenamente sistematizada. La suerte para muchos de ellos está echada desde el momento en que son alumbrados: constituyen parte del lumpen del que no quisiéramos tener noticia. Pero la noticia está ahí, la película nos la pone de manifiesto y nos las presenta consumible. El asunto está en si seremos capaces de digerirla.
Marzo de 2008.
lunes 16 de marzo de 2009
¿Quién quiere ser millonario? O ¿Cabe la posibilidad de un amor incondicionado?
Felipe González y González
fg.z@hotmail.com
Ya he dicho que la película –Quiero ser millonario (Slumdog millonaire)- tiene un talante de denuncia, que se hace tragable por el recurso al humor, y que puede resbalar gracias al planteamiento hollywoodesco –que para mí resulta muy conveniente- y a un happyend fruto del azar, la fuerza del destino y el amor del protagonista.
Frente a la superficialidad estereotipada y recurrente del mundo del espectáculo, de esta película podemos rescatar la posibilidad del amor, de la llamada a la generosidad y de la entrega, y tal vez hasta la realidad misma del amor.
El ser humano está destinado a trascenderse, a manifestarse a los otros y a sí mismo, como un alguien que es capaz de ir más allá de sí. El ser humano –hombre y mujer- tiene un potencial enorme para la donación, no ya de lo que consigue, sino de lo que lo constituye por dentro. Una existencia que se dona es una existencia que se posee. Nadie puede dar lo que no tiene, pero el que tiene, puede dar. Sólo el que posee, puede entregar. La donación no es posible sin la posesión. Y un ser humano sólo se puede entregar, si es capaz de darse. La posesión humana sólo tiene sentido en orden a la entrega.
La tristeza del que no ama, radica en que la incapacidad de darse, que revela el déficit de realización vital del sujeto. El que no se posee es un infeliz, porque no puede darse. La alegría –hay que recordarlo- está más en dar, que en recibir. Sólo si alguien me recibe, mi donación tiene sentido. Pero la donación es imposible, si no me doy a mí mismo.
En “Quiero ser millonario” la vida de todos y cada uno de los protagonistas está en relación a la afirmación o la negación del amor. A un amor egoísta, a un amor interesado, a un amor imperfecto, a un amor que crece, a un amor que se vuelve fiel, están avocados los personajes. El lugar es Bombay o Mumbai, en el ambiente propio de la India moderna llena de contrastes, paradojas y contradicciones, pero las historias humanas pertenecen al gran teatro del mundo.
Los contrapuntos son, los jefes de la mafia y el presentador del programa, que poseen cosas e incluso juegan a poseer personas, sin la más mínima posibilidad de poseerse a sí mismos, porque se han quedado vacíos al cerrarse.
Los protagonistas de las biografías son: la madre de Salim y Jamal -no dice nada, sólo actúa-, y pierde la vida para protegerlos. Salim, el hermano mayor, que es un luchador incansable, aunque sucumbe, de manera parcial, a la tiranía de la criminalidad organizada, de la que intenta redimirse incluso mediante la ofrenda su vida. Latika -la niña a la que salvan los hermanos- es víctima de la instrumentalización, del abuso y de la corrupción, que conserva el potencial liberador de la dignidad humana, que se manifiesta en la búsqueda del bien del otro. Y finalmente Jamal, el hermano menor, que es portador de un amor incondicionado, de un amor que va más allá de sí mismo, de un amor absoluto.
Jamal protagoniza la propia existencia, como un acto de agradecimiento a la vida del otro, que se nos ha confiado. Jamal descubre –cosa que no logra hacer Salim- que en el acto de salvamento de Latika, hay una vida que se les ha otorgado, una vida que les ha sido entregada y que corresponder a esa entrega y a esa donación, bien puede merecer poner a disposición la propia existencia. Todo lo demás no es más que desarrollo de la historia.
La historia puede tomar diversos caminos, complicarse, confundirse, enturbiarse o quedarse sin una aparente salida. Pero la historia no es la serie de historias que nos contamos acerca de sucedidos y reveses, sino la historia del hilo conductor que hace posible el sentido.
Y el sentido de la historia, de mi historia y de la de los demás, estriba en un amor. Un amor que me explica y que me funda, que me constituye y que me certifica. Sólo si el ser humano es destinatario de un amor incondicionado, total y absoluto puede estar seguro y ser feliz.
Para algunos ese amor es la realidad que explica sus vidas, para otros es el ideal en cuya búsqueda se puede vivir la vida, aun cuando el tiempo este nublado, o peor aún se haya transformado en tempestad.
De ese amor da testimonio la vida de tantas personas ignoradas, que no quieren ser millonarias, sino hacer felices a los que aman, y que de paso lo consiguen para sí mismas con la plenitud y profundidad, que solo se logra, cuando se trasciende el limitado sentido de las satisfacciones materiales.
Se trata de una posibilidad realizable, y de cuya materialización depende el sentido que tome la propia existencia. No de los millones que se puedan ganar en una apuesta por la respuesta correcta, o que se puedan perder en una apuesta por los derivados, en la sucumbió la moderna gestión de los riesgos.
Ciudad de México, marzo de 2009.
fg.z@hotmail.com
Ya he dicho que la película –Quiero ser millonario (Slumdog millonaire)- tiene un talante de denuncia, que se hace tragable por el recurso al humor, y que puede resbalar gracias al planteamiento hollywoodesco –que para mí resulta muy conveniente- y a un happyend fruto del azar, la fuerza del destino y el amor del protagonista.
Frente a la superficialidad estereotipada y recurrente del mundo del espectáculo, de esta película podemos rescatar la posibilidad del amor, de la llamada a la generosidad y de la entrega, y tal vez hasta la realidad misma del amor.
El ser humano está destinado a trascenderse, a manifestarse a los otros y a sí mismo, como un alguien que es capaz de ir más allá de sí. El ser humano –hombre y mujer- tiene un potencial enorme para la donación, no ya de lo que consigue, sino de lo que lo constituye por dentro. Una existencia que se dona es una existencia que se posee. Nadie puede dar lo que no tiene, pero el que tiene, puede dar. Sólo el que posee, puede entregar. La donación no es posible sin la posesión. Y un ser humano sólo se puede entregar, si es capaz de darse. La posesión humana sólo tiene sentido en orden a la entrega.
La tristeza del que no ama, radica en que la incapacidad de darse, que revela el déficit de realización vital del sujeto. El que no se posee es un infeliz, porque no puede darse. La alegría –hay que recordarlo- está más en dar, que en recibir. Sólo si alguien me recibe, mi donación tiene sentido. Pero la donación es imposible, si no me doy a mí mismo.
En “Quiero ser millonario” la vida de todos y cada uno de los protagonistas está en relación a la afirmación o la negación del amor. A un amor egoísta, a un amor interesado, a un amor imperfecto, a un amor que crece, a un amor que se vuelve fiel, están avocados los personajes. El lugar es Bombay o Mumbai, en el ambiente propio de la India moderna llena de contrastes, paradojas y contradicciones, pero las historias humanas pertenecen al gran teatro del mundo.
Los contrapuntos son, los jefes de la mafia y el presentador del programa, que poseen cosas e incluso juegan a poseer personas, sin la más mínima posibilidad de poseerse a sí mismos, porque se han quedado vacíos al cerrarse.
Los protagonistas de las biografías son: la madre de Salim y Jamal -no dice nada, sólo actúa-, y pierde la vida para protegerlos. Salim, el hermano mayor, que es un luchador incansable, aunque sucumbe, de manera parcial, a la tiranía de la criminalidad organizada, de la que intenta redimirse incluso mediante la ofrenda su vida. Latika -la niña a la que salvan los hermanos- es víctima de la instrumentalización, del abuso y de la corrupción, que conserva el potencial liberador de la dignidad humana, que se manifiesta en la búsqueda del bien del otro. Y finalmente Jamal, el hermano menor, que es portador de un amor incondicionado, de un amor que va más allá de sí mismo, de un amor absoluto.
Jamal protagoniza la propia existencia, como un acto de agradecimiento a la vida del otro, que se nos ha confiado. Jamal descubre –cosa que no logra hacer Salim- que en el acto de salvamento de Latika, hay una vida que se les ha otorgado, una vida que les ha sido entregada y que corresponder a esa entrega y a esa donación, bien puede merecer poner a disposición la propia existencia. Todo lo demás no es más que desarrollo de la historia.
La historia puede tomar diversos caminos, complicarse, confundirse, enturbiarse o quedarse sin una aparente salida. Pero la historia no es la serie de historias que nos contamos acerca de sucedidos y reveses, sino la historia del hilo conductor que hace posible el sentido.
Y el sentido de la historia, de mi historia y de la de los demás, estriba en un amor. Un amor que me explica y que me funda, que me constituye y que me certifica. Sólo si el ser humano es destinatario de un amor incondicionado, total y absoluto puede estar seguro y ser feliz.
Para algunos ese amor es la realidad que explica sus vidas, para otros es el ideal en cuya búsqueda se puede vivir la vida, aun cuando el tiempo este nublado, o peor aún se haya transformado en tempestad.
De ese amor da testimonio la vida de tantas personas ignoradas, que no quieren ser millonarias, sino hacer felices a los que aman, y que de paso lo consiguen para sí mismas con la plenitud y profundidad, que solo se logra, cuando se trasciende el limitado sentido de las satisfacciones materiales.
Se trata de una posibilidad realizable, y de cuya materialización depende el sentido que tome la propia existencia. No de los millones que se puedan ganar en una apuesta por la respuesta correcta, o que se puedan perder en una apuesta por los derivados, en la sucumbió la moderna gestión de los riesgos.
Ciudad de México, marzo de 2009.
viernes 23 de mayo de 2008
Pofesores: profetas o proficientes
Profesores: profetas o proficientes
Felipe González y González
fg.z@hotmail.com
15 de mayo de 2008
Era dichararecho, listo y muy chilango. Fruto neto de una simbiosis entre el laicismo oficialista, la moralidad insobornable y el pragmatismo -que permite sobrevivir-. Agudo y reiterativo hasta el cansancio. Le encantaba cambiar una palabra por otra que fonéticamente fuera similar, aunque el significado literal cambiara por completo. Durante una temporada se refirió a todos los demás como “maestro”. Fue una moda del sector burocrático en todas las instituciones, que utilizó la palabra “maestro” como apelativo: “mira maestro”, “óyeme mi maestro” e incluso “sabes maestro”. Pero también intercambió “profeta” por “profesor”. “El profeta!”, así solía denominar a un conocido suyo, que algunas veces trabajó de profesor.
Gracias a este recuerdo me he puesto a cavilar en las siguientes duplas: “maestro – maís-tro”, y “profesor-profeta”. La primera me recuerda otras ideas extravagantes a lo que quiere ser este argumento. Cuentan que Carmelita Romero logró civilizar, en parte, a Porfirio Díaz y que colaboró a darle en sus retratos, ese aire augusto que tuvo hacia finales de su siglo. Pero cuentan también, que cuando a don Porfirio alguien le resultaba molesto, decía como para sí mismo pero asegurándose de que lo oyeran los otros: “ese gallo quiere su máis”. Lo que en muchas ocasiones era interpretado como darle su mole, y que supone, indefectiblemente, el sacrificio del pollo.
Lo que en Don Porfirio era indiscutiblemente un asunto de orígenes prosódicos, es para mí un tema de significados culturales. Tal vez porque orígenes y significados remiten a identidades.
Máis es maíz, que aunque mal pronunciado remite a un alimento básico. En México el maestro de escuela proporciona el conocimiento básico para la educación, y por eso es máis-tro, que a mí me suena como el que trae-el-maíz. En todo caso el máis-tro es el que sabe o el que pone los cimientos del posterior florecimiento. El maestro transmite, entrega o proporciona. Da seguridades y permite el arraigo. Pone bases y es un elemento básico inicial del desarrollo del educando.
Por ello en ciertas ocasiones, y refiriéndome a mi propio trabajo, me considero un auténtico “maestro-máistro-rural”, pues además de trabajar en una ex-hacienda, mis métodos se parecen a los del que pone los fundamentos, sin cuidarse de lo que resulta políticamente correcto. Dejando aparte lo biográfico, maestro incluye la idea del que logra cierta perfección en términos de desempeño o de sabiduría, cosa ciertamente no es biográfica en mi caso.
Por lo que respecta a “profesor-profeta”. Las implicaciones son claras. El profesor –digámoslo pleonásticamente- profesa. Es decir ejerce –según el diccionario- una ciencia o arte. Y ejercer –también según el diccionario- es ejecutar los actos propios de esa ciencia o arte. El profesor es un iniciado en la tarea de su especialidad. Una primera aproximación nos presenta al profesor como experto conocedor que realiza las acciones propias de la profesión, es decir de aquello que se ha hecho oficio, y que confiere un estatus en la vida. Lo cual de alguna forma remite a ser maestro.
Si hay algo que el profesor añade a la connotación de maestro -como iniciador en las tareas del espíritu o de la materia-, tendría que ver con el sentido o proyección del quehacer que da un lugar en el mundo. De ahí que la consonancia de mi amigo “profesor-profeta”, me remita a mí a la cuestión del significado, lo que me lleva a la idea del sentido, de la proyección y del futuro.
Actividad presente sin futuro avizorado es inconducencia. Lo inconducente no lleva a ninguna parte. Es realización de una acción sin finalidad, que agota recursos, energías y lastra los ideales. Acción consumida en el presente es materialismo craso, que desvaloriza a la persona: trabajo profesional del que profesa la nada como destino o el interés inmediato como justificación. No supone distancia respecto del objeto, y niega por ello la libertad.
Si se quiere ser profesor, se debería ser profeta. Los profetas se caracterizan por tener visión y un sentido de misión insobornable. Pero también es verdad que muchas veces se ha querido sobornar a los profetas.
Los profetas sin embargo no son siempre aceptados. El profeta sabe que no vino a ganar un concurso de popularidad. No hay profeta en su propia tierra. Por ello la distancia entre profesor-profeta es la misma que entre profesor y proficiente. Proficiente –nuevamente es del diccionario- es el que saca provecho de una cosa. Se parecen pero no es lo mismo. No es publicidad, sino una cuestión de sentido, y eso es también una cuestión de fondo y forma.
Felipe González y González
fg.z@hotmail.com
15 de mayo de 2008
Era dichararecho, listo y muy chilango. Fruto neto de una simbiosis entre el laicismo oficialista, la moralidad insobornable y el pragmatismo -que permite sobrevivir-. Agudo y reiterativo hasta el cansancio. Le encantaba cambiar una palabra por otra que fonéticamente fuera similar, aunque el significado literal cambiara por completo. Durante una temporada se refirió a todos los demás como “maestro”. Fue una moda del sector burocrático en todas las instituciones, que utilizó la palabra “maestro” como apelativo: “mira maestro”, “óyeme mi maestro” e incluso “sabes maestro”. Pero también intercambió “profeta” por “profesor”. “El profeta!”, así solía denominar a un conocido suyo, que algunas veces trabajó de profesor.
Gracias a este recuerdo me he puesto a cavilar en las siguientes duplas: “maestro – maís-tro”, y “profesor-profeta”. La primera me recuerda otras ideas extravagantes a lo que quiere ser este argumento. Cuentan que Carmelita Romero logró civilizar, en parte, a Porfirio Díaz y que colaboró a darle en sus retratos, ese aire augusto que tuvo hacia finales de su siglo. Pero cuentan también, que cuando a don Porfirio alguien le resultaba molesto, decía como para sí mismo pero asegurándose de que lo oyeran los otros: “ese gallo quiere su máis”. Lo que en muchas ocasiones era interpretado como darle su mole, y que supone, indefectiblemente, el sacrificio del pollo.
Lo que en Don Porfirio era indiscutiblemente un asunto de orígenes prosódicos, es para mí un tema de significados culturales. Tal vez porque orígenes y significados remiten a identidades.
Máis es maíz, que aunque mal pronunciado remite a un alimento básico. En México el maestro de escuela proporciona el conocimiento básico para la educación, y por eso es máis-tro, que a mí me suena como el que trae-el-maíz. En todo caso el máis-tro es el que sabe o el que pone los cimientos del posterior florecimiento. El maestro transmite, entrega o proporciona. Da seguridades y permite el arraigo. Pone bases y es un elemento básico inicial del desarrollo del educando.
Por ello en ciertas ocasiones, y refiriéndome a mi propio trabajo, me considero un auténtico “maestro-máistro-rural”, pues además de trabajar en una ex-hacienda, mis métodos se parecen a los del que pone los fundamentos, sin cuidarse de lo que resulta políticamente correcto. Dejando aparte lo biográfico, maestro incluye la idea del que logra cierta perfección en términos de desempeño o de sabiduría, cosa ciertamente no es biográfica en mi caso.
Por lo que respecta a “profesor-profeta”. Las implicaciones son claras. El profesor –digámoslo pleonásticamente- profesa. Es decir ejerce –según el diccionario- una ciencia o arte. Y ejercer –también según el diccionario- es ejecutar los actos propios de esa ciencia o arte. El profesor es un iniciado en la tarea de su especialidad. Una primera aproximación nos presenta al profesor como experto conocedor que realiza las acciones propias de la profesión, es decir de aquello que se ha hecho oficio, y que confiere un estatus en la vida. Lo cual de alguna forma remite a ser maestro.
Si hay algo que el profesor añade a la connotación de maestro -como iniciador en las tareas del espíritu o de la materia-, tendría que ver con el sentido o proyección del quehacer que da un lugar en el mundo. De ahí que la consonancia de mi amigo “profesor-profeta”, me remita a mí a la cuestión del significado, lo que me lleva a la idea del sentido, de la proyección y del futuro.
Actividad presente sin futuro avizorado es inconducencia. Lo inconducente no lleva a ninguna parte. Es realización de una acción sin finalidad, que agota recursos, energías y lastra los ideales. Acción consumida en el presente es materialismo craso, que desvaloriza a la persona: trabajo profesional del que profesa la nada como destino o el interés inmediato como justificación. No supone distancia respecto del objeto, y niega por ello la libertad.
Si se quiere ser profesor, se debería ser profeta. Los profetas se caracterizan por tener visión y un sentido de misión insobornable. Pero también es verdad que muchas veces se ha querido sobornar a los profetas.
Los profetas sin embargo no son siempre aceptados. El profeta sabe que no vino a ganar un concurso de popularidad. No hay profeta en su propia tierra. Por ello la distancia entre profesor-profeta es la misma que entre profesor y proficiente. Proficiente –nuevamente es del diccionario- es el que saca provecho de una cosa. Se parecen pero no es lo mismo. No es publicidad, sino una cuestión de sentido, y eso es también una cuestión de fondo y forma.
Hoy es el dia que puede ser mañana
Hoy es el día que puede ser mañana.
Felipe González y González
fg.z@hotmail.com
La vi hecha grafiti. Era una pintada política. Seguramente es un “slogan” clásico de un “activista social” que juega al intelectual, y que se goza en las paradojas. (Y es que la paradojas son espléndidas, asombrosas y dilatantes, por ello nos gustan a todos. Bueno casi a todos. A todos los que tienen algo de sentido del humor, que es la materialización de la propia autocrítica.) La recordé a raíz de varias intervenciones, en las que recientemente, la he citado. Y esta mañana me he levantado con la frase en toda su contundencia: hoy es el día que puede ser mañana. Hoy es el día que puede ser mañana. Hoy es el día que puede ser mañana.
El hoy podría ser distinto del ayer: para ello tiene que ser mañana. Hay que tomar distancia del ayer que nos disgusta, con el que no nos identificamos porque no nos realiza. Es el ayer de la posibilidad no concretada, de la aplastante superficialidad, de la cretinidad que se pega al objeto del deseo, de la expresión insustancial, vulgar y fuera de lugar con la que vamos abriéndonos paso entre los demás.
En mi entorno inmediato hablamos mucho de hacer de la vida una obra de arte. De buscar la perfección, de lograr que cada uno y lo que nos rodea, adquiera una impronta diferente. Pero creo que en ocasiones nos quedamos en la pedantería cínica y aislante del que quiere aparecer sesudo a base de fingir ser flemático, o en la vulgaridad crepitante y volcánica del voluptuoso mastodonte.
Cuando el hoy se repite como ayer, nos sumergimos en la brutalidad de la cotidianeidad asumida como fatalidad. A la fatalidad del ayer se intenta escapar mediante la opacidad de las intenciones; del chascarrillo que se convierte en burla para lograr la autoafirmación: del comentario ya no banal sino cretino que obstaculiza la elevación, a base de bajar la mirada a lo que se come uno en el propio plato, a lo que están comiendo los demás, a las formas exultantes de las telas ajustadas sobre carnosidades desbordantes, al defecto físico o al comentario irrelevante sobre el estado del tiempo, el olor de la contaminación o la asquerosidad de los últimos avatares políticos.
Pero hoy es el día que puede ser mañana. Hoy es el día que podríamos empezar a vivir desde el futuro. De un futuro del cual cuelgan nuestras identidades, nuestras posibilidades, nuestras tendencias más profundas, nuestras añoranzas más sustanciales. No es el ayer del que vivimos. Aunque podemos vivir el hoy como el ayer. Nadie quiere vivir de lo que ha pasado, sino de lo que está por venir. Y el porvenir no es algo indeterminado, sino el encuentro con nosotros mismos.
Nos encontraremos a nosotros mismos en el futuro, no en el ayer. El ayer no nos contiene porque es la negación de lo que queremos ser. La verdad es que no queremos ser como ayer. Nos atrapa el pasado y consume nuestro presente. Queremos ser como seríamos en el futuro, si viviéramos el hoy como mañana.
En el futuro está el hombre o la mujer que todos queremos ser. No este hombre o esta mujer que se deja llevar del mal humor, de la irreflexión o del consumismo desenfrenado no ya de los recursos naturales (que también cuentan) sino de las propias energías. Nos gastamos sin darnos cuenta. Y necesitamos continuamente y de manera más imperativa que en lo físico, la energía intelectual, moral, psicológica y estética, que se consume en el hoy vivido como un ayer monótonamente repetido. Por ello el presente vivido desde el pasado es un aniquilador de las potencialidades humanas.
El hoy que puede ser mañana requiere de la visión de lo que somos, de lo nos constituye y necesita ser desplegado, de lo que nos hace ser y que al actualizarse no sólo no se consume, sino que renueva nuestra energía. Porque el acto propio del ser humano es la efusión que supone no sólo dar sin recibir, sino dar como un acto que permite el ensanchamiento de la humanidad personal y colectiva, que constituye un fondo inagotable de riqueza: la humanización de la vida y del mundo.
Humanizar es colorear la propia vida y el mundo, con los tonos de la generosidad, del interés más universal posible, del amor que hace posible la amistad en la que todos nos hacemos uno y mejoramos.
Pero se me olvida decir que el cretino, ese cretino tan parecido al que cada uno llevamos dentro, me abofeteo con su carcajada (porque las carcajadas golpean violentamente). “No se puede vivir para el futuro –me dijo-, eso es utópico”. Para él sólo existe el ayer que aparece en el presente como recriminación individual y colectiva, y que determina la vida como huida del pasado gozando del presente. Y el cretino masculló un enorme trozo de carne mal cortada, que engulló con un trago largo de vino, al que previamente agitó con fuerza pero sin darse cuenta, en una copa que se ha puesto de moda.
A pesar de ello, confío en que -el cretino y yo- intentaremos que hoy sea el día que puede ser mañana. Si lo logramos el presente se convertirá en protensión al sentido que la realiza la existencia humana.
Felipe González y González
fg.z@hotmail.com
La vi hecha grafiti. Era una pintada política. Seguramente es un “slogan” clásico de un “activista social” que juega al intelectual, y que se goza en las paradojas. (Y es que la paradojas son espléndidas, asombrosas y dilatantes, por ello nos gustan a todos. Bueno casi a todos. A todos los que tienen algo de sentido del humor, que es la materialización de la propia autocrítica.) La recordé a raíz de varias intervenciones, en las que recientemente, la he citado. Y esta mañana me he levantado con la frase en toda su contundencia: hoy es el día que puede ser mañana. Hoy es el día que puede ser mañana. Hoy es el día que puede ser mañana.
El hoy podría ser distinto del ayer: para ello tiene que ser mañana. Hay que tomar distancia del ayer que nos disgusta, con el que no nos identificamos porque no nos realiza. Es el ayer de la posibilidad no concretada, de la aplastante superficialidad, de la cretinidad que se pega al objeto del deseo, de la expresión insustancial, vulgar y fuera de lugar con la que vamos abriéndonos paso entre los demás.
En mi entorno inmediato hablamos mucho de hacer de la vida una obra de arte. De buscar la perfección, de lograr que cada uno y lo que nos rodea, adquiera una impronta diferente. Pero creo que en ocasiones nos quedamos en la pedantería cínica y aislante del que quiere aparecer sesudo a base de fingir ser flemático, o en la vulgaridad crepitante y volcánica del voluptuoso mastodonte.
Cuando el hoy se repite como ayer, nos sumergimos en la brutalidad de la cotidianeidad asumida como fatalidad. A la fatalidad del ayer se intenta escapar mediante la opacidad de las intenciones; del chascarrillo que se convierte en burla para lograr la autoafirmación: del comentario ya no banal sino cretino que obstaculiza la elevación, a base de bajar la mirada a lo que se come uno en el propio plato, a lo que están comiendo los demás, a las formas exultantes de las telas ajustadas sobre carnosidades desbordantes, al defecto físico o al comentario irrelevante sobre el estado del tiempo, el olor de la contaminación o la asquerosidad de los últimos avatares políticos.
Pero hoy es el día que puede ser mañana. Hoy es el día que podríamos empezar a vivir desde el futuro. De un futuro del cual cuelgan nuestras identidades, nuestras posibilidades, nuestras tendencias más profundas, nuestras añoranzas más sustanciales. No es el ayer del que vivimos. Aunque podemos vivir el hoy como el ayer. Nadie quiere vivir de lo que ha pasado, sino de lo que está por venir. Y el porvenir no es algo indeterminado, sino el encuentro con nosotros mismos.
Nos encontraremos a nosotros mismos en el futuro, no en el ayer. El ayer no nos contiene porque es la negación de lo que queremos ser. La verdad es que no queremos ser como ayer. Nos atrapa el pasado y consume nuestro presente. Queremos ser como seríamos en el futuro, si viviéramos el hoy como mañana.
En el futuro está el hombre o la mujer que todos queremos ser. No este hombre o esta mujer que se deja llevar del mal humor, de la irreflexión o del consumismo desenfrenado no ya de los recursos naturales (que también cuentan) sino de las propias energías. Nos gastamos sin darnos cuenta. Y necesitamos continuamente y de manera más imperativa que en lo físico, la energía intelectual, moral, psicológica y estética, que se consume en el hoy vivido como un ayer monótonamente repetido. Por ello el presente vivido desde el pasado es un aniquilador de las potencialidades humanas.
El hoy que puede ser mañana requiere de la visión de lo que somos, de lo nos constituye y necesita ser desplegado, de lo que nos hace ser y que al actualizarse no sólo no se consume, sino que renueva nuestra energía. Porque el acto propio del ser humano es la efusión que supone no sólo dar sin recibir, sino dar como un acto que permite el ensanchamiento de la humanidad personal y colectiva, que constituye un fondo inagotable de riqueza: la humanización de la vida y del mundo.
Humanizar es colorear la propia vida y el mundo, con los tonos de la generosidad, del interés más universal posible, del amor que hace posible la amistad en la que todos nos hacemos uno y mejoramos.
Pero se me olvida decir que el cretino, ese cretino tan parecido al que cada uno llevamos dentro, me abofeteo con su carcajada (porque las carcajadas golpean violentamente). “No se puede vivir para el futuro –me dijo-, eso es utópico”. Para él sólo existe el ayer que aparece en el presente como recriminación individual y colectiva, y que determina la vida como huida del pasado gozando del presente. Y el cretino masculló un enorme trozo de carne mal cortada, que engulló con un trago largo de vino, al que previamente agitó con fuerza pero sin darse cuenta, en una copa que se ha puesto de moda.
A pesar de ello, confío en que -el cretino y yo- intentaremos que hoy sea el día que puede ser mañana. Si lo logramos el presente se convertirá en protensión al sentido que la realiza la existencia humana.
Las razones de la estupidez
Enrique Vila-Matas (Barcelona 1948) acaba de publicar Exploradores del abismo, un libro protagonizado por seres humanos situados en el límite, al borde mismo de la nada. Reproduzco un fragmento de una larga entrevista.
¿Cuáles son los principales abismos del hombre de principios del siglo XXI?
EVM -El avance implacable hacia la estupidez general.
¿Impulsado por …?
EVM -Por la desinformación, la educación interesadamente nula por parte del Estado, el declive del humanismo, la incultura que avanza a grandes pasos.
Pero hay quien habla de un exceso de información …
EVM -Yo diría lo contrario: estamos inmensamente desinformados.
Usted ha escrito que deplora los veranos. ¿Qué fue lo más lamentable del último?
EVM - Prefiero los otoños y las primaveras, quizá porque el verano era una época de continuas visitas a la playa y de aburrimiento general.
[Entrevista realizada por Pablo Álvarez. Nuestro Tiempo. Universidad de Navarra, diciembre de 2007. Las obras de Vila-Matas se han traducido a 27 idiomas, entre las más conocidas se encuentra las siguientes: Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca.]
Enrique Vila-Matas (Barcelona 1948) acaba de publicar Exploradores del abismo, un libro protagonizado por seres humanos situados en el límite, al borde mismo de la nada. Reproduzco un fragmento de una larga entrevista.
¿Cuáles son los principales abismos del hombre de principios del siglo XXI?
EVM -El avance implacable hacia la estupidez general.
¿Impulsado por …?
EVM -Por la desinformación, la educación interesadamente nula por parte del Estado, el declive del humanismo, la incultura que avanza a grandes pasos.
Pero hay quien habla de un exceso de información …
EVM -Yo diría lo contrario: estamos inmensamente desinformados.
Usted ha escrito que deplora los veranos. ¿Qué fue lo más lamentable del último?
EVM - Prefiero los otoños y las primaveras, quizá porque el verano era una época de continuas visitas a la playa y de aburrimiento general.
[Entrevista realizada por Pablo Álvarez. Nuestro Tiempo. Universidad de Navarra, diciembre de 2007. Las obras de Vila-Matas se han traducido a 27 idiomas, entre las más conocidas se encuentra las siguientes: Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca.]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)